Nació el 27 de noviembre de 1936, día de la Medalla Milagrosa, en Llanillo de Valdelucio, Burgos, España, el 4to hijo de una familia numerosa y falleció el 20 de mayo de 2023 en Montevideo, Uruguay, a la edad de 86 años.
Hijo de Don Demetrio y Amalia, quienes tuvieron además a los siguientes hijos, Pedro, hermano Menesiano, fallecido en accidente a sus 40 años de edad (1929 – 7/5/69); María Concepción (Conchita), quien formó familia y les regaló nietos; Piedad, religiosa de las Hijas de la Caridad, hoy con 90 años y Amalia, la más pequeña, quien formó familia y tuvo 2 hijos y vivió su pascua hace unos años.
“Nuestros padres nos educaron en la Fe”, dice Piedad. “Las mejores catequesis las tuvimos en casa, nos la dieron ellos, con su ejemplo y testimonio”. Como familia de hondas tradiciones religiosas, acostumbraban a rezar a diario el Rosario y Don Demetrio marcaba el ritmo, al punto que nadie se levantaba de la silla hasta después de haber terminado. También se rezaba a la hora del almuerzo y de la cena, para agradecer los dones recibidos.
Don Demetrio, en las jornadas de tormentas, como invocación confiada al Señor, solía prender el “cabo de vela” que se habían traído de la Parroquia. Y en la chacra solía marcar la cruz en la tierra, en las entradas y salidas.
Recuerda emocionada, Piedad, la vivencia que le compartieran de aquella pedrea que afectó a todo el vecindario, menos a ellos. Lo consideraban una bendición del Señor, en atención a los gestos con que Don Demetrio, bendecía y agradecía su chacra.
Otro bonito detalle que a Piedad, siempre le llamó la atención, fue que su madre cuando hacía el pan en el horno (que para calentarlo sudaba lo suyo… y esto lo hacía semanalmente) marcaba en la masa una cruz. Cuando esta ya no se notaba, es que la masa estaba en condiciones de hacerse el pan… que por cierto le salía exquisito… y no digamos lo riquísimo que les salía el chorizo casero y las morcillas, cuando se carneaba.
También recuerda, Piedad, lo acogedora que era su familia. “Un viajante, un vendedor de pueblo en pueblo en su carruaje, llegó a la cantina de la zona y como era de noche pidió alojamiento y el cantinero se lo negó. Don Demetrio se enteró del hecho y lo invitó a su casa. Le dio lugar para los burros entre sus animales y el carruaje lo guardó en el almacén donde ponían la cosecha de patatas y además le brindó la cena y una habitación donde descansar. Cada vez que llegaba por la zona, iba a refugiarse en la casa que se le hizo familiar”.
Durante la guerra española, la cosa fue muy difícil. Se pasó escasez y hambre. El pueblo de Llanillo estaba en la “zona Nacional”. La familia Aparicio acogió a los soldados en su casa. Les cedió dos habitaciones recientemente construidas a cambio del cuidado de la casa. También compartían el alimento con los soldados.
“Éramos una familia de labradores, todos aportaban lo suyo en el trabajo de la tierra, incluso los ´hijos religiosos´ (Pedro, Piedad y Alfredo) cuando veníamos de vacaciones, aunque esto era rarísimo, pues visitaban a su familia cada 5 años o más. Sólo hacia el 70 comenzaron a ser más regulares las visitas a la familia”.
Testimonio de su hermana Piedad
Alfredo, desde muy pequeño siguió los pasos de su hermano mayor, Pedro, nacido en 1929, y fue a Nanclares de la Oca como aspirante. Allí tuvo muchos compañeros de camino en las diversas etapas formativas. Siempre recordó este tiempo, como un tiempo de crecimiento en gracia y sabiduría, ante Dios y los demás.
Después de haber vivido la etapa de aspirantado y postulantado en la casa de formación de Nanclares, inicia la experiencia de noviciado, el 15 de agosto de 1954. Al año hace sus primeros votos de religión y comienza su proceso de formación como escolástico, haciendo estudios como docente. Toma el nombre de Pedro Luis, en honor de su hermano mayor, Piter, como le decían cariñosamente en casa.
En 1957 fue designado a la comunidad de Reinosa, Colegio San José. Además de la clase, les tocaba, a los hermanos, hacer todos los servicios de limpieza e higiene del colegio, pues no había encargados del mantenimiento ni de la limpieza. La hacían, en las noches, después de cenar. Experiencia dura en las épocas de invierno.
Luego de unos años de hacer experiencia del ser y hacerse hermano, el 15 de agosto de 1960, hizo su profesión Perpetua, día de la fiesta de la Asunción de María al Cielo. Como hombre mariano, siempre intentó rezar a diario el Rosario y portar el mismo como un signo de cariño a la Madre Santísima.
En 1966 fue enviado, como misionero, a la Argentina y concretamente a la Comunidad de Bs As donde ejerció como maestro durante muchos años, después de validar su título e hizo el profesorado artes. Sus exalumnos esbozan una sonrisa de afecto al hablar de su antiguo maestro.
Después de haber vivido 10 fecundos años en Argentina y de haber disfrutado de las bondades que el Cardenal Copello les brindaba y posibilitaba con la casa de Santa Rosa, el Campo de deportes de los Padres en Martín Coronado, el Seminario de Bialet Massé, el Colegio Teodelina de Villa Gobernador Gálvez y la presencia en tierras uruguayas, lo invitaron a realizar el año de renovación en Roma. Era el año 1977, además visitó tierra Santa con el grupo del segundo noviciado.
Al volver de la experiencia del 2do noviciado con el corazón henchido e impulsado en la entrega, le pidieron formar parte de la comunidad de Villa Gobernador Gálvez, Colegio Teodelina Fernández de Alvear. Allí desempeñó el cargo de Vice-Director del nivel primario. El contexto en el que estaba inserta la comunidad, era el polo opuesto, al del Copello. La experiencia de abajamiento y de vida en condiciones exigentes, se asemejaba a la vivida en Reinosa. Pero como hermano abnegado, lo asumió con alegría y dedicación.
Luego de tres años (78 al 80), volvió al Copello, 1981, pero sólo por un año, porque al año siguiente le encomendaron la tarea de la Pastoral Vocacional, reclutador, le decían, sucediéndolo al Hno José Santos. Durante los años que ejerció esa misión, residió en la comunidad de Villa Gobernador Gálvez. Desde allí visitaba las ‘zonas’ vocacionales, norte de Santa Fe y norte de Entre Ríos y lógicamente el Seminario de Bialet Massé.
Sus giras vocacionales eran comentadas, pues las lluvias solían acompañarlo. Cuando estas empezaban se comentaba, “seguramente el Hermano Alfredo está por la zona”. También tuvo algunas experiencias poco felices de relación con algún obispo de la zona, que le dijo que no lo quería ver por el lugar, “robando” vocaciones, a lo que respondió, sacudiéndose el polvo de sus zapatos.
Un Citroën 4L era su compañero de andanzas. Muchas familias de hermanos lo acogieron en su casa, por ejemplo, los papás y tías del Hno Juan Ronaldo, el Papá del Hno Arturo, la mamá del Hno Ricardo, y muchas otras familias que sus hijos fueron hermanos y que luego por diversas razones no siguieron (Zorzón, Fabbro, Ziloni, Lazzaroni, etc.). Siempre era bienvenido, pues era dado para la charla, el mate compartido, la comida, y también traía noticias frescas y cartas de los hermanos y adolescentes que estaban en el Seminario.
Austero, como era, no siempre comía en casas de las familias. Lo hacía comiendo un sandwich debajo de la sombra de un árbol y se decía: mientras tanto descanso y dejo enfriar el autito.
Después de los tres años como promotor vocacional, como acompañante de los adolescentes que iban al Seminario Nuestra Señora del Rosario, de Bialet Massé y de sus familias; en 1985, asume como Director del colegio Teodelina Fernández de Alvear, nivel primario e inicial, de VGG. Comentan que eran famosas las evaluaciones de ingreso al nivel inicial que tomaba el Hno Alfredo… entre las cuales había preguntas decisivas, cómo cuál es tu mano izquierda o derecha…
También en este espacio dejó huellas. Su estilo de lazos con los pequeños, con las familias y las maestras y maestros, marcó, hizo historia… enamoró a muchos, no a todos.
Después de estos fecundos años de conducción, aunque breves, en 1989 fue destinado al Colegio La Mennais de Uruguay, como administrador. Las diferencias con las que se encontró fueron múltiples. Venía de la conducción de una Institución Educativa en un contexto de marginalidad y pasaba al área administrativa de una obra en contexto muy diverso. Los aprendizajes fueron muchos, pero también hubo que desaprender para aprender, nuevos estilos, ni mejores ni peores, diferentes maneras de ser, hacer, relacionarse. Pero allí también, supo estar a la altura de las circunstancias.
Después de 8 años de rol administrativo en el Colegio La Mennais, le pidieron realizar una misión similar en el Colegio Cardenal Copello, en el año 1997. Allí conformó equipo con la Sra. Cristina Merialdo, con el Contador Jorge Etcheverry y el Dr Abogado Claudio Ramos. Los tiempos son otros y las demandas también.
Poco a poco se fue adaptando a las nuevas exigencias, aunque mucha tarea recaía sobre sus hombros. Aquí también siguió aprendiendo de unos y de otros. Las relaciones humanas cuando están mediadas por números y signos $, no siempre son fáciles, a veces, hacen sufrir. Esta fue su experiencia y la de otros.
Siempre fue muy tesonero y perseverante. Estando por ejemplo en la administración cuando algo no le salía no cesaba hasta poder lograrlo sin tener en cuenta la hora de la noche. Con sencillez y sin ponerse en un pedestal, siendo administrador, escuchaba a las familias que le venían a plantear sus problemas familiares o económicos. Terminaba siempre dando una mano.
Fiel al cumplimiento de sus responsabilidades, siempre fue cuidadoso y atento a los detalles: Apagaba luces, cerraba puertas, cuidaba la pintura y estética de los edificios, controlaba el estado de los muebles escolares… al punto que algunos le decían “meterete” (estaba en todas).
Durante este tiempo, estando en el Copello, fue asesor de la comisión directiva de la Asociación Amigos del Colegio Cardenal Copello (Asociación de Padres). Al comenzar cada reunión leía el evangelio del día o comentaba un pensamiento religioso para la vida diaria. Era un referente para ellos
Luego de 10 años de tarea seria y dedicada, en 2007, fue destinado a Villa Gobernador Gálvez. Ya jubilado, vivió allí unas relaciones más distendidas y cercanas a los y las educadoras de primaria e inicial, así como con los y las estudiantes y las familias de estos. Siempre atento, acogedor, dispuesto a compartir la máxima en las aulas y en los inicios de las horas de clases. Nunca perdió el vínculo y el sentido de la misión, de esta realidad no se jubiló nunca, y lo hizo hasta la última hora del último día de su vida.
En 2012, vuelve a su querido Copello, aunque parte de su corazón estaba en el Teodelina. Sigue aquí su misión apostólica dedicando tiempo a acompañar a primaria e inicial, también la realidad del Campo de Deportes del Colegio, especialmente los sábados por la tarde. Familiero como era, pasaba largos momentos compartiendo charlas con ellas en este espacio.
El aula, la máxima y la acogida en la puerta del colegio eran sus prioridades a diario. Allí era él y allí le gustaba tomar decisiones. También aquí siguió aprendiendo a correrse de lugar y a vivir su servicio con alegría y gratuidad, con más actitud de madre que de padre, no sin algunos golpes.
Aquí vivió y desplegó su ser hasta que el Señor lo llamó al encuentro cara a cara. Siempre intentó vivir al servicio de la comunidad, brindando lo que mejor sabía hacer, acoger, ser hospitalario, brindarse, acompañar. A quien llegaba lo hacía sentir importante, por medio de sus atenciones y servicios. Allí estaba para los adultos, como para los jóvenes, ni que decir para con los pequeños.
En los últimos años, además, preparaba los almuerzos de los Hermanos y lo hacía con cariño y dedicación. La fama de sus tortillas, traspasaron las fronteras de la propia comunidad.
Siempre expresó que quería partir al encuentro del Padre Dios como aconteció; que no se imaginaba ni quería estar ni vivir en una situación de dependencia, que como lo expresa el refrán popular, “buey suelto bien se lame”. Y es así que tuvo que ir aprendiendo, poco a poco, a depender de sus hermanos en algunas decisiones, pues como le dice Jesús a Pedro… “llegará el momento en que otro te atará y te llevará donde no quieras”, también de esto hizo experiencia. Le costó, pero no dejó de asumirlas, por amor a Dios y a la Congregación.
Entregas alegres, no pueden quedar atrapadas por la muerte, la vida eterna les espera. Y que desde allí siga intercediendo por la fidelidad de cada uno y ruegue al Padre que envíe más obreros a su mies, porque hay mucho bueno que no debe perderse.