«El buen Dios te cubre con sus alas,
te conduce de la mano como a un niño pequeño
que acaricia, que lleva, que duerme dulcemente en su seno.
Ámale, no veas más que a El, no escuches otras voces que la suya;
que El sea todo para ti»
(Carta del 8 julio 1814. ATC I p. 40)
Providencia de mi Dios,
oh Madre mía
que tanto amamos,
te adoramos, te bendecimos,
nos entregamos a Ti.
Haz de nosotros todo cuanto quieras,
en la grandeza o en la humillación,
en la riqueza como en la pobreza,
en la salud y en la enfermedad.
Providencia de mi Dios…
«Muchas veces, agotado de fatiga, he estado a punto de pararme en el camino y dormirme, como los viajeros que un frío mortal agarra en medio de las nieves; pero en fin, la mano de Dios me ha levantado, empujado, sostenido, y los dos hermanos apoyándose el uno en el otro, hemos llegado, bien que mal, al objetivo que se proponían alcanzar»
(Carta del 18 de junio de 1815. ATC I p. 253.)
El Señor es mi Pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tu vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.
«El alma que es dócil y flexible en la mano de Dios, que no resiste a las inspiraciones de su gracia, que cree que es él quien dirige los hombres y sus consejos, esta alma lejos de irritarse por la contradicción y de estar dolorosamente agitada por continuos movimientos de impaciencia y despecho, goza de una paz que nada altera y todo bendice, con una alegría delectable y un tierno amor, los designios de la Providencia sobre ella»
(M 119)
Dios entre tus manos quiero yo habitar
sé que me proteges y allí estás
Te busco, te espero, me quieres hablar
sana mi alma, cerca mío está
Dios dador de vida, vida me darás
tú eres el que al mundo hace andar
Dios dador de vida, vida me darás
mientras viva yo te he de cantar.
Cerca de tus manos mi vida está
no se rinde ante la oscuridad
Borras mis pecados, me hablas de perdón
tu amor es la reconciliación
Dios dador de vida, vida me darás
tú eres el que al mundo hace andar
Dios dador de vida, vida me darás
mientras viva yo te he de cantar.
«¿Quién de nosotros podría dar cuenta de todos los medios que la divina providencia emplea para conducir los hombres a la verdad? ¿Quién contará las maravillas de su gracia y cómo su mano dulcísima y llena de misericordia toca poco a poco nuestro corazón, le ilumina y le hace pasar, de modo insensible, de la región de las tinieblas de la muerte a la luz de la vida eterna? Sus operaciones son tan íntimas, tan variadas, que no sabemos percibir y menos desarrollar su encadenamiento misterioso»
(A. 15)
“Lo que es seguro, es que el mejor de todos los remedios, es el de reposar dulcemente nuestra voluntad en la voluntad de Dios, que no piensa para nosotros más que pensamientos de paz, que no medita sobre nuestro miserable corazón más que meditaciones de amor… No cansarse de adorar y bendecir esta Providencia llena de misericordia”.
(A 19)
«Providencia de mi Dios, Oh madre que tantas veces he invocado y a quien he ofrecido, consagrado, entregado esta casa y todos los que allí su gracia ha reunido. Providencia siempre buena, tan sabia, tan llena de piedad y amor para con tus pobres criaturas, te adoramos, te bendecimos, nos abandonamos sin reserva, haz de nosotros lo que te plazca. No tenemos otra voluntad que cumplir la tuya en todas las cosas: en las humillaciones y en las grandezas, en la pobreza y en las riquezas, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte. ¡Oh Dios mío!, no escuches nuestros ciegos deseos, nuestras oraciones indiscretas; con tal que estemos en el orden de la Providencia y secundemos tus designios; con tal que ayudando a salvarse a nuestros hermanos nos salvemos nosotros mismos, todo está bien, y no tendremos voz más que para cantar el cántico de acción de gracias. Providencia de mi Dios, vela sobre tus hijos, afiánzalos, dirígelos, se su defensor, su guía, su consuelo, su tesoro de alegría, su esperanza. ¡Dios sólo en el tiempo! ¡Dios sólo en la eternidad!»
(S VII p. 2165)
Providencia de mi Dios,
oh madre que tantas veces he invocado
y a quien he ofrecido, consagrado, entregado esta casa
y cuantos ha reunido en ella tu gracia.
Providencia, siempre buena,
tan sabia, tan llena de piedad y
amor para con tus pobres criaturas,
te adoramos, te bendecimos,
nos abandonamos en tus manos sin reserva.
Haz de nosotros todo lo que quieras.
Sólo deseamos cumplir tu voluntad en todo:
en las humillaciones y en las grandezas,
en la pobreza y en la riqueza,
en la salud y en la enfermedad,
en la vida y en la muerte.
Providencia de mi Dios, vela sobre tus hijos,
afiánzanos, dirígenos.
Sé tú nuestra defensa, nuestra guía, nuestro consuelo,
nuestra alegría y nuestra esperanza.
¡Dios sólo en el tiempo!
¡Dios sólo en la eternidad!
¡Dios sólo en el día de hoy, en todo y en cada cosa!
¡Dios sólo!.
Juan María de la Mennais
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Profesión religiosa, Vocacional - 4 de octubre de 2009 -
“Intente vivir como un ángel.” (ATC VI p. 303)
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