Queridos amigos, Hermanos, Laicos, familias, niños y jóvenes de los centros educativos menesianos:
Me alegra invitarles a entrar en la celebración de los 200 años de existencia del Instituto de los Hermanos Menesianos.
El 6 de junio de 1819 nuestros fundadores, Juan María de La Mennais y Gabriel Deshayes, decidían crear escuelas para los niños del pueblo, los cuales, según ellos, tenían “hambre del pan de la instrucción”.
Ambos estaban unidos por una misma forma de ver la realidad y confiaban enteramente el uno en el otro. Creían en la importancia fundamental de la educación para renovar la sociedad a fin de procurar la paz y la justicia para todos. Les animaba un amor ardiente por Jesucristo. Era Él quien les guiaba interiormente. Sabían que su Providencia les acompañaba.
Daremos gracias por esta fundación, por estos 200 años, por la generosidad y el sacrificio de los primeros Hermanos y por tantos Laicos y Hermanos que les siguieron en los cinco continentes.
Daremos gracias a Dios por “tantos prodigios” -como decía Juan María de La Mennais- realizados en el corazón de una multitud de niños y jóvenes.
Pero, sobre todo, trataremos de seguir su ejemplo, abriendo, ahora nosotros, una nueva página a continuación de la que ellos firmaron el 6 de junio de 1819.
En aquel tratado de unión se manifestó una unidad de visión y el deseo vivo de trabajar en la obra de Dios y de salir al encuentro de los niños cuyas necesidades eran inmensas.
Estamos invitados a recorrer tres etapas, en tres años:
Les invito pues, desde ahora, en este mes de junio de 2017, a ponerse en marcha con todos los menesianos del mundo.
Escrutemos el horizonte de la vida y del mundo. El horizonte del Espíritu de nuestro Dios.
Busquemos juntos las respuestas nuevas en los retos de nuestro tiempo.
Seamos los centinelas que mantienen el deseo hacia Dios y que lo revelan al corazón de tantas personas y jóvenes que tienen “sed de infinito”, según lo decía recientemente el papa Francisco.
Entremos en la espera vigilante, en el silencio ardiente del centinela habitado por la esperanza de un mundo nuevo.
Abrámonos a la “mística del encuentro”, como lo decía también el papa Francisco, para discernir juntos las llamadas del Espíritu.
Desarrollemos la actitud para comprender y escuchar a los demás.
Dejemos de lado todo discurso pesimista que cierra el horizonte.
Estemos con las antenas preparadas para captar la novedad suscitada por el Espíritu, los signos minúsculos de una historia nueva.
Corramos hacia el otro, hacia el que está herido, sediento, sufriendo de frío en su corazón.
Dejemos también que la Palabra de nuestro Dios, de Jesucristo, nos conforme y nos comunique su fuerza y su fuego.
La celebración de Bicentenario será para nosotros una fuerza de renovación. Haremos la experiencia de una gran familia unida en la esperanza de ver el pequeño grano de mostaza transformarse en un gran árbol y en el entusiasmo del Espíritu.
El Bicentenario será un signo de una inmensa luz propuesta a los niños y a los jóvenes, a los que Dios nos llama a servir y amar.
Que María, la madre de Jesús y madre nuestra, nos ayude a caminar así, juntos, por las sendas nuevas de vida.
Bicentenario, Provincia - 5 de junio de 2017 - Hno. Yannick Houssay, Superior General
“Intente vivir como un ángel.” (ATC VI p. 303)
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