La realidad que está viviendo se le hace llamada, atentos los ojos desde niño a descubrir detrás de ella su sentido. Pero hay una realidad que más que vocación se constituye frente a él en provocación interpelante. Lo dirá años más tarde con una ironía veteada de modestia: “Carnot es el verdadero fundador de los Hermanos; hay que dar a cada uno lo suyo. ¿Le extraña? Durante los Cien Días, Carnot presentó a Napoleón un informe sobre la organización de la enseñanza primaria. Esta obra cayó en mis manos en 1816. Durante el retiro del clero de Saint-Brieuc subí al púlpito y atraje la atención del clero sobre este punto negro apenas perceptible en el horizonte que me presagiaba una gran tormenta”.
Carnot, viejo político y militar, había escrito ya en tiempos de la Revolución, en la que ocupó la presidencia del Comité de Salud Pública, una circular que firmaba también Robespierre. Se leía entre otras cosas: “Lleven, pues, la evidencia a todos los espíritus, ilumínenles, caliéntenles, persuádanles, no desarrollen otro poder que el de la instrucción… y en seguida las tempestades y las nubes del fanatismo desaparecerán ante el sol de la razón”. Ahora con Napoleón, asume el Ministerio del Interior, y publica el “Informe Carnot”, que no es sino una reedición de las mismas ideas de entonces, ahora reverdecidas, un poco maquilladas, pero respondiendo al mismo principio: “Que la moral camine al paso de la instrucción para que la instrucción sin moral no despierte necesidades más peligrosas que la ignorancia”. Todos estos principios orientarán el establecimiento de la “Enseñanza mutua”, que va a inundar la geografía francesa con aires de modernidad y progreso.
Juan María de la Mennais ve el peligro de una educación desprovista de valores cristianos y él quiere una educación del “hombre entero”, atenta a la educación de la inteligencia, pero también del corazón, de la memoria y de los sentimientos, de los valores, de las actitudes. Una educación en la que los educadores no reduzcan al hombre a un mero stock de cifras y datos, sino en la que vivan, acompañen, compartan las alegrías y los desengaños de los jóvenes, cargando de sentido sus palabras y presencias.
Abierto a las preguntas, Juan María no sabe todavía hasta dónde le van a llevar las respuestas.
En una misión en Saint Brieuc ha coincidido con otro sacerdote que con él ha compartido las tareas de la predicación. Se llama Gabriel Deshayes. Es párroco de Auray, centro de peregrinación de toda la región bretona que venera allí a Santa Ana con una devoción sobria y muy enraizada. Don Gabriel es el tipo de cura bueno y campechano. Mucho más dado a las cosas prácticas que a las altas elucubraciones intelectuales. De él se sabe que es un hombre de una sensibilidad social fuera de lo común, atento a los jóvenes delincuentes, visitante de la cárcel y que tiene en la casa cural un grupo de cinco jóvenes que quiere formar como maestros.
A Saint-Brieuc ha llegado la notificación oficial de que pronto llegará el maestro de la escuela mutua. Juan María quiere dar respuesta inmediata llamando a los Hermanos de la Salle y consigue del Ayuntamiento que vote los créditos precisos para la dotación de la nueva escuela. Escribe unas letras al superior general de los Hermanos de las Escuela Cristianas, el Hermano Gerbaud. En la carta hay unas líneas de recomendación firmadas por Gabriel Deshayes, pues mantenía una cierta relación con ellos, ya que había conseguido la presencia de los Hermanos de la Salle en Auray. La respuesta es muy clara: “Le puedo mandar tres Hermanos como me pide, pero a condición de que usted por su parte me envíe tres postulantes y pague sus gastos de formación.” Juan María obtendrá esos tres postulantes de los jóvenes que tenía Gabriel Deshayes. Él se encargará de los gastos.
Ha sido capaz, con la ayuda del cura de Auray de sortear una dificultad. Pero las urgencias aparecen cada día con un nuevo rostro y va sintiendo que hay que ser creativo, que algo o Alguien le pide respuestas nuevas. El caso de Pordic es otro aldabonazo. Pordic es un pueblo pequeño de la diócesis de Saint-Brieuc. Ha estado predicando una misión y ha percibido una gente sencilla, dispuesta y generosa. Para dar continuidad a la tarea evangelizadora que ha empezado, para estructurar una respuesta mucho más articulada, nada mejor que una escuela. Pordic sólo necesita un maestro. No puede recurrir a los Hermanos de la Salle, pues su Regla no les permite ser menos de tres. Recurre al padre Deshayes. Éste le proporciona el maestro. La escuela se abre en los primeros meses de 1818.
Ha cerrado un problema, pero se le ha abierto una brecha en el alma. ¿No estará él urgido para llegar donde todavía otros no llegan? ¿La experiencia de Pordic no será posible en cientos de aldeas bretonas?… Hay una frase del libro de las Lamentaciones que le despierta y hiere todos los días el alama, dejándosela en pura carne viva: “Los niños piden pan y no hay nadie que se lo reparta”.
Juan María, Reseña de su vida y obra - 14 de septiembre de 2008 -
“No se puede vivir bien, mientras no se sepa orar bien.”
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