Del dolor y desasimiento Juan María ha salido templado y recio. DIOS SOLO no es ya un lema sugestivo, sino una realidad grabada a fuego en su espíritu. Su otra gran idea, la de “dejarse devorar por la Providencia”, es experiencia viva, la que le mantiene en esperanza.
Parece que todo está hecho, definitivamente perfilado. Estamos en 1836 y ya tiene una edad para el descanso sosegado, después de tanta lucha y sobresalto. “Van a ser años esquivos para la crónica brillante, años de humilde y fecunda labor desde el puente de mando de Plöermel o por los caminos de Bretaña trompicado en su vieja tartana, años en que continuará su lucha tenaz y oscura por la libertad de enseñanza, años con la mirada puesta en una destartalada buhardilla de París, donde su hermano camina a rastras por caminos de pesadumbre y obstinación”.
Todo parece fijado, rutinario y calmo. Pero el 11 de agosto de 1836, el ministro de la Marina, el almirante Rosamel, pide a Juan María que se encargue de la organización de la enseñanza en las islas coloniales de Martinica y Guadalupe. Los Hermanos, dice el ministro, tienen una amplia experiencia (¡Hace 17 años que han sido fundados!) y pueden crear las condiciones sociales adecuadas para la independencia que se avecina.
Juan María no lo ve claro del todo. Es toda una sorpresa a sus intuiciones de fundador. Había diseñado a los Hermanos como un cuerpo docente para sólo Bretaña. Lo ha dicho expresamente hace sólo diez años cuando presentaba la fundación de los sacerdotes de Saint-Méen:
“Pida a Dios que bendiga esta nueva empresa: de ella espero resultados muy preciosos para la Iglesia; ésta no será como la de los Hermanos que está limitada a Bretaña: nuestra intención es extendernos cuando tengamos los medios.”
Es una situación, tan nueva, tan sorpresiva… Pero de nuevo se le abre la mirada, y escucha un rumor de gritos y de cantos, de trabajos y lágrimas. Y todo ello se le hospeda en su corazón misericordioso, en su capacidad de amor entrañable. Algo que él mismo predicará a sus hermanos:
“La ternura tan expansiva de San Pablo para con Onésimo, ¿no conmueve sus corazones? Y ¿no escuchan resonar en sus oídos las conmovedoras súplicas que el gran apóstol dirige a Filemón, a favor de este querido hijo que él había engendrado entre sus cadenas? Y estos 30.000 esclavos ¿no les son tan queridos como las propias entrañas, como hijos, como hermanos?”
A los Hermanos misioneros se les pide, que “vayan libre y alegremente, no por obediencia, y que vayan, si es preciso, sin retorno”.
Los primeros salen el 10 de diciembre de 1837. Serán el primer eslabón de una larga cadena que hasta hoy continúa de hombres “pobres y auténticos, elementales y sinceros”.
Los principios no son excesivamente, esperanzadores. “La comunidad se va cayendo a pedazos y, para completar el cuadro, la epidemia de fiebre amarilla, que diezma la isla en 1838 y que alcanza a toda la comunidad, hiere de muerte a su superior. Tres Hermanos se desalientan y vuelven a Francia. Hay que volver a empezar”.
Pero siempre habrá Hermanos disponibles para arrostrar las dificultades. Tenaces, decididamente esculpidos a golpes de fe.
Juan María, Reseña de su vida y obra - 30 de marzo de 2009 -
“Que todos se presten, para ir a Dios y cumplir su obra, mutuo apoyo.” (Regla de 1835)
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