“La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros”
(Jn 1,14)

Estas palabras del Evangelio de San Juan nos regalan una preciosa comprensión del misterio que
encierra la Navidad. El nacimiento de Jesús —el Emmanuel, el Dios con nosotros— es un acto de
amor inmensurable por parte de Dios.

Dios ama tanto a la criatura humana, a cada uno de nosotros, que no solo nos da la vida y nos
sostiene con su ternura y misericordia, sino que, para llevar a plenitud en cada uno nuestro ser
“imagen y semejanza suya” (Gn 1,26), Él mismo, en la persona del Verbo —en Jesús nacido de la
Virgen María—, asume la condición humana. La Palabra se hace carne, se apropia de todo lo
humano y lo lleva a la plenitud, donándose sin medida para que tengamos vida, y vida en
abundancia (Jn 10,10).
Al contemplar hoy el pesebre —ese Niño entre pañales, el silencio valiente de la Madre y la
entrega del Padre que cuida el refugio— recibimos una invitación sagrada: la de abrazar nuestra
propia historia. El pesebre nos llama a acoger nuestra vida con gratitud, reconociendo en cada
latido el amor incondicional del Padre.

El pesebre es el reflejo de Dios mismo que en la persona del niño Jesús susurra en lo profundo de
nuestro corazón “¡Te amo!”, “¡Lo eres todo para mí!” El Pesebre es la caricia de un Dios que es
Padre, la certeza absoluta de que, desde siempre y para siempre, nunca estaremos solos.

Querida Familia Menesiana: Que esta Navidad no sea solo una fecha en el calendario, sino el
tiempo propicio para ese encuentro que transforma el alma y renueva la esperanza.

¡Muy felices fiestas!

Hno. Carlos Lovatto, Visitador.

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